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CUADROS DE UNA IMAGEN

Maria Callas. “La” Callas. Una “voz pura”, una “mujer caprichosa”, una “vida agitada y dramática”. ¿Qué no se ha escrito ya sobre Maria Anna Sofía Cecilia Kalogeropoulos? Y siempre las mismas palabras. Algunos enfilan tópicos como si se tratara de ensartar perlas de un collar. Otros enfilan clichés de la misma manera. Y aquí con ‘cliché’ entendemos el concepto en su doble sentido – como un gastado significado y también como una barata reproducción de un cuadro. ¿Qué no se ha mostrado ya de Maria Callas?: la extática diva, extendiendo sus dedos hacia el cielo; o la diva devota, con los puños apretados contra su pecho; o la diva radiante, inmóvil sobre el escenario, como una diosa caída de las nubes. Con palabras y más palabras, imágenes y más imágenes, el mito se mantiene vivo. La celebración de la Callas necesita de estas palabras e imágenes. Desde su muerte en 1977 se ha establecido una iconografía de la veneración, que mantiene vivo el culto a la Callas. Una iconografía que resulta de la insaciable sed de imágenes que existe por parte de los medios de comunicación y que presenta el punto de partida del estudio pictórico de Wolfgang Schäfer.

Para evitar malos entendidos desde el principio: los retratos de la Callas de Schäfer no son cuadros de una clara e inequívoca veneración. No encajan tan sencillamente en la cadena de ditirámbicos tópicos y clichés que ya envuelven a ‘la Divina’. Naturalmente que la admiración del pintor por la soprano es la condición básica de éste trabajo que Schäfer comenzó hace más de quince años. Sin esta admiración y este respeto no habría sido posible llevar a cabo un estudio a tan largo plazo. Pero los cuadros de Schäfer son íconos ambivalentes, ya que el artista no es tan ingenuo como para pensar que existe una analogía entre el cuadro y la mujer. Lo que él pinta no tiene su origen en la propia Callas – sino en la imagen de la Callas. Cuando Maria Callas es el motivo, el cuadro de Schäfer siempre es un  cuadro de la imagen de la Callas. La referencia es el cliché creado por los medios de masas, que se ha convertido en una especie de propiedad colectiva heredada. La referencia en primer lugar no es la mujer. La referencia es la imagen idealizada de la mujer, sobrecargada de nostalgia. De manera que la referencia de Wolfgang Schäfer ya es una referencia. Detrás de esta referencia, estas múltiples capas de poses, fantasmas y proyecciones, puede que esté la mujer; en algún lugar entre la imaginación y la realidad. Este lugar es difícil de definir, y el cuadro de Schäfer lo sabe. Pero una aproximación vale la pena.

Entonces, ¿cómo se podría describir la relación de Schäfer con la Callas? Quizás como una clase de amor lúcido. Una pasión serena. ¿Y los propios retratos? Como un homenaje distante. Una mirada alegre y crítica al objeto de su deseo. Estas aparentes paradojas son la expresión de una complejidad que podemos encontrar en toda la evolución artística de Wolfgang Schäfer.

Al principio de su carrera Schäfer fue un pintor decididamente abstracto. Echando un vistazo atrás, a sus primeras obras, uno descubre una batalla de colores, poderosa e intransigente. Los colores estallen y dejan atrás un paisaje desintegrado. Los gestos bruscos forman quemaduras y cráteres. Más que un arma, el pincel actúa como el lápiz de un sismógrafo que registra los movimientos del impetuoso artista – el lienzo es la ‘caja negra’ de esta batalla. Esto fue en los años 80, en los tiempos de los ‘Neue Wilde’ (‘nuevos salvajes’ - un movimiento artístico neo-expresionista de los países germano-hablantes), cuando en toda Europa occidental una generación de jóvenes pintores, armados con una paleta de colores brillantes y un estilo mordaz, se puso a redescubrir la ruda fuerza de la pintura expresiva. Pero esta generación – la generación de Wolfgang Schäfer – fue una generación de pintores decididamente figurativos, que acababan de liberarse del arte conceptual para reactivar los motivos vivos, héroes, figuras y cuentos. Schäfer tenía muy poco que ver con esto. Dejarse llevar por la corriente nunca ha sido lo suyo. Él, más bien, buscaba su propia lengua artística. Y temporalmente la encontró en los torbellinos y remolinos de una abstracción impulsiva.

Luego, poco a poco, empezó a aventurarse en motivos figurativos. Los primeros elementos figurativos aparecen en medio de una lava de color, se hacen su camino a través del caos de los rastros y manchas de color, y son cada vez más nítidos. El estilo nervioso, casi agresivo de Schäfer aún no se tranquiliza del todo, pero se pone al servicio de esta incipiente figuratividad. Esta etapa está documentada en las obras “Harvest" (cosecha) o “Gesichter der Sehnsucht” (caras de nostalgia). Ya entonces - desde 1991 - Maria Callas está representada. Sus delicados rasgos a penas se imponen al raudal de color. Más bien se funden con los otros elementos del cuadro, o se repiten y superponen hasta lo ilegible. La ‘primadonna assoluta’ es un espejismo – una apariencia indefinida en el horizonte; temblorosa, revoloteando.

A lo largo de los años se perfila cada vez más. La superposición de motivos disminuye y también se modera el exceso de color. Durante este proceso de depuración el origen de los motivos aparece en toda su nitidez: se trata de fotos de prensa que son proyectadas al lienzo. La extrema ampliación muestra la retícula de la imagen original, y Schäfer no impide este nuevo componente en absoluto. Aquí la relación con el arte pop y, en particular, con Roy Lichtenstein o Andy Warhol es evidente (en el lado alemán los inspiradores son Sigmar Polke o Achim Duchow). Pero Schäfer no utiliza cualquier técnica de reproducción – serigrafía, plantilla, etc. – sino que transfiere la imagen, producida mecánicamente, manualmente al lienzo. Él es el traductor que rescata la imagen mediática de su anonimato e intercambiabilidad, para revalorizarlo a través de su procesamiento artesanal. Es entonces cuando su estilo salvaje se vuelve más sereno, sensato, incluso calculador. Expone con cada vez más precisión la retícula, gracias a la cual el motivo es reconocible. El caos de las primeras composiciones es sustituido por una calculada complejidad. Las múltiples capas ya no son un producto del automatismo, de la espontaneidad del proceso creativo, sino que son dominadas y controladas. Las estrellas del siglo XX, pequeñas y grandes, bordean a Maria Callas en “Diven der Welt” (divas del mundo), rompiendo y descomponiendo el motivo, como un prisma que descompone la luz. Otras veces incorpora textos en la composición, y esta capa de letras eleva la complejidad del cuadro (“Before my end” – antes de mi fin). Si examinando la obra de los últimos quince años uno busca una progresión linear, se puede observar una tendencia hacia una depuración en las formas y una agudización temática en las pinturas de Schäfer.

Es muy instructivo participar en el proceso de maduración de un artista. Es fascinante ver como una persona se acerca a su meta y se vuelve cada vez más precisa. El desarrollo artístico de Wolfgang Schäfer se visualiza de forma ejemplar en la serie de cuadros de la Callas: de lo expresivo-gestual a lo gráfico, de lo orgiástico a lo sensato, del grito espontáneo al discurso articulado. Llegado a este punto uno se podría preguntar: ¿Pero por qué la Callas? ¿No habría servido otro “objeto”? ¿Es el motivo un instrumento ajeno a todo, una neutral superficie de proyección que es registrada por el proceso de maduración del artista pero carece de importancia en sí? Si pero no. Bien es verdad que la Callas siempre es una figura representativa, como dice el mismo Schäfer, o sea, un pretexto de la experimentación pictórica, pero la soprano es particularmente apta para los juegos de proyección del artista – y aquí se entiende el término tanto en sentido literal como en su sentido metafórico. Ella reúne lo humano y lo divino, lo trivial y lo profano, en una figura ambivalente. Al mismo tiempo es ‘sex-simbol’ y madre, una leyenda rodeada de misterios y un libro abierto. Ella personifica un ideal inaccesible que vivió un destino demasiado humano. Entonces la Callas es una figura de identificación bastante compleja, que recibe sueños, deseos y añoranzas. Y que se deja manipular para los más variopintos experimentos artísticos.

 

En su última serie Wolfgang Schäfer se aleja claramente del carácter gráfico de los anteriores cuadros. Aunque la estructura reticulada de los retratos de la Callas ciertamente no ha desaparecido del todo, ahora se filtra a través de capas de pintura más densas. Con ello las composiciones parecen más ligeras, transparentes e incluso más complejas que antes. Si antes las pinturas eran impenetrables y herméticas, ahora los cuadros como “Behind the shadow” (detrás de la sombra) y “Callas-Madonna”, ambos pintados en 2008, son más abiertos, llenos de perspectivas. Especialmente el último, un tríptico, se muestra como un sutil cuadro miserioso que no permite una clara dirección de lectura y mantiene la percepción del espectador en constante movimiento. Se suprime la jerarquía de los motivos. Si bien existe una conexión lógica entre el lirio, la gótica madonna y la Callas, estos elementos del cuadro están expuestos de una manera relativamente suelta. Pero si se examina la pintura más de cerca, se descubre una serie de conexiones formales (sobre todo de colores), que ensamblan todos los elementos de la composición, produciendo un fuerte efecto de espacio.

En la técnica también se observa una nueva tendencia: la imagen original ya no se pinta de una manera tan precisa; se añaden efectos transparentes y capas de colores, de manera que los motivos superpuestos ya no se entremezclan con la misma intensidad. Se producen momentos de imprecisión que acentúan la sensación de complejidad. En esta serie se aplica a veces una primera capa de laca y óleo al lienzo, y otras veces una capa de acrílico y yeso. Schäfer transfiere sus motivos a esta superficie rugosa y en parte desigual, para luego eliminarlos parcialmente en la siguiente fase de trabajo. Cuando utiliza cera y óleo o extiende colores mates sobre una base de cera, se producen contrastes sorprendentes entre la base de la pintura y la superficie. 

Gracias a este enriquecimiento con otros materiales, el color adquiere su propio cuerpo. Es como una piel que se hiere, ataca, moldea, para luego, después de varias repetidas fases de trabajo, adoptar su forma final. Para Schäfer esta nueva calidad en su obra significa “ser más valiente”. Valiente, ya que en este alegre pero arriesgado manejo de la frágil materia uno siempre corre el peligro de destruir el cuadro, pudiendo estropear los resultados conseguidos con tanto trabajo en un abrir y cerrar de ojos. El proceso de la creación siempre es un proceso de destrucción también.

El retorno a las texturas rugosas y a un estilo expresivo, unido a la ya lograda claridad de la composición, sugiere la madurez artística de Wolfgang Schäfer. Anteriores características estilísticas que ya se consideraban “superadas” no se olvidan simplemente, sino que siguen influyendo en los nuevos experimentos. La imagen de la imagen de la Callas por su parte se enriquece constantemente con nuevas referencias. Como una batería que se carga de nuevo con cada espectador. La Callas, esta extraordinaria y destacada artista que fue convertida, nolens volens, en un fenómeno mediático, sigue siendo un icono, un objeto de deseo, que está a la disposición de todos y que tiene algo que ofrecer a todo el mundo. Es una copa, abierta, ajena a todo, y sin embargo tan expresiva. Y para Wolfgang Schäfer, al fin y al cabo, es el escenario preferido para realizar su estudio pictórico. Un lugar en el cual se puede reconstruir y observar el desarrollo personal del artista. Un lugar donde este desarrollo tiene continuidad.

Emmanuel Mir, 2008

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